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ETAPA 5ª -  Paso 3º Información

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No es de extrañar que sucedan cosas que sin ser malas, mejor dicho, siendo incluso buenas y justas, no sean voluntariado aunque se puedan confundir con él. De ahí que después de haber visto en el apartado anterior todo el perfil en positivo, veamos ahora ese perfil en negativo para que entre ambos  podamos dejar más nítida la verdadera realidad del voluntariado.

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En primer lugar, el voluntariado no es mano de obra barata

Sería un gran error gratificar económicamente el trabajo de los voluntarios con el fin de evitarse un gasto mucho mayor si se hiciera mediante un profesional contratado. Casos de este tipo se podrían dar en centros de carácter social, a veces por escasez de recursos económicos y otras por el avispado sentido oportunista de sus propietarios o gerentes, quienes aprovechando situaciones transitorias como bajas o vacaciones de personal, pudieran utilizar la experiencia de voluntarios, compensándoles con una razonable gratificación económica, pero sin duda muy inferior  a lo que supondría el mantenimiento legal de un puesto de trabajo.

El voluntario en ningún momento puede suplir el trabajo profesional. Es un complemento en tareas a las que los profesionales no pueden llegar, pero no porque falten profesionales para el trabajo a realizar, sino porque en función de los niveles de desarrollo del país o del entorno, exista  un consenso general del sentido común en que haya ciertos servicios no técnicos, sino humanizantes para los que el sistema no se puede permitir el realizarlos de forma remunerada y que son los que realizan los voluntarios.

Pongamos varios ejemplos. La situación  socioeconómica de nuestro país en este momento difícilmente podría soportar el que por sistema, un hospital tuviera que pagar a profesionales que se ocuparan de acompañar a la capilla a enfermos que no puedan hacerlo por sí mismos; o que tuvieran una especie de “recaderos” que fueran pasando la prensa, revistas e incluso libros de unos pacientes a otros; o que hubiera unos empleados encargados de organizar fiestas, actividades recreativas, culturales o excursiones, entre los pacientes de larga estancia con patologías específicas que aconsejaran este tipo de acciones.

Y en el ámbito de la gerontología ¿sería lógico hoy plantearse que las visitas que hacen los voluntarios a personas mayores en sus casas, o el acompañamiento a dar un paseo, simplemente para charlar un rato con esas personas, fueran tareas a realizar por personal contratado por los Servicios Sociales?

Es posible, incluso, que tareas realizadas en un momento concreto por los voluntarios, con el paso del tiempo, sean asumidas por los profesionales, de ahí que se afirme que una de las misiones del voluntario consista en descubrir nuevos campos de intervención y, con el tiempo, nuevos yacimientos de empleo, detectando nuevas necesidades.

El Servicio de Ayuda a Domicilio, antes de que existiera formalmente gestionado desde los Servicios Sociales Comunitarios, respondía a esta dinámica en la que personas solidarias, sensibles a una nueva necesidad, comenzaron a ocuparse de las mismas, evidentemente con un poder resolutivo meramente testimonial frente a cualquier S.A.D. actual, hasta que el sistema público se hizo cargo. Los auxiliares de ayuda a domicilio comenzaron a hacer profesionalmente lo que antes iniciaron los voluntarios, y éstos pasaron a hacer tareas complementarias a las de los profesionales.

Un ejemplo más reciente de cómo el voluntariado puede generar empleo es el del animador sociocultural, cuya tarea hace pocos años era realizada prácticamente por voluntarios y que ya ha despuntado con toda nitidez como profesión, aunque siga contando con la colaboración de los voluntarios.

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No es intrusismo profesional

Ser voluntario no implica una intromisión en las actividades de los profesionales. De hecho, aunque los voluntarios tengan su profesión, su actividad en la mayoría de los casos no tiene que ver con su quehacer profesional. En este sentido nos podemos encontrar un abogado y un cartero, acompañando a un grupo de niños discapacitados, en una visita cultural, etc. Pero hay veces en las que la profesión del voluntario coincide con las tareas de los profesionales del centro o servicio donde actúa y es cuando el voluntario tendrá que ser más prudente y cuidadoso para no inmiscuirse en la labor de los profesionales.

Un ejemplo de lo que no se debe hacer sería el del voluntario, de profesión sanitaria que interviene, no tanto como voluntario sino como profesional, en una patología del usuario, con resultados positivos, pero al margen de los profesionales responsables de ese paciente. No sólo en intervenciones, también en sus opiniones, los voluntarios que tienen una profesión relacionada con sus servicios deben distinguir muy bien que cuando actúan como voluntarios no deben interferir en las actuaciones profesionales sino que deben dejar vía libre a quienes corresponda la responsabilidad de atender a ese usuario.

Hay dos excepciones en las que no se debe hacer esta distinción, las situaciones de catástrofe y de emergencia social ante las que, por la lógica del sentido común, nadie se pararía a diferenciar si se actúa como voluntario o profesional. Ante las primeras consecuencias de un terremoto o de un accidente grave, etc. no se trata de distraerse en discusiones bizantinas, sino de salvar vidas.

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No es prácticas de trabajo

Esta es hoy, sin duda, una de las formas más frecuentes de falso voluntariado. Es una falsa razón muy frecuente entre los aspirantes a voluntarios. Algunos jóvenes estudiantes o con sus estudios recién terminados, pueden mezclar y hasta confundir las motivaciones propias del voluntario con unos imperiosos deseos de realizar prácticas profesionales mientras encuentran trabajo. Incluso este planteamiento puede dar lugar a utilizar el voluntariado como trampolín para acceder a un puesto de trabajo remunerado.

Más aún, la experiencia nos permite afirmar que frecuentemente no es que se confundan las motivaciones solidarias con los deseos de hacer prácticas o de encontrar el trabajo sino que la única motivación para hacerse voluntarios es adquirir experiencia profesional o ver la forma de acceder al empleo. Evidentemente, cuando pasa el tiempo y no hay perspectivas de contrato, el sujeto desaparece, enfadado con la entidad y diciendo que en el voluntariado se aprovechan de la gente sin trabajo. La misma opinión está presente en muchos sectores de la sociedad que piensan que el voluntariado no debería existir porque solo sirve para explotar a los jóvenes… Estas opiniones sólo se entienden desde el desconocimiento de lo que es el voluntariado, desde la idea, tan vaga como insuficiente, que decíamos al principio de que voluntariado es todo lo que se hace sin cobrar dinero y desde la contaminación de esas otras conductas a las que se les llama voluntariado sin serlo.

La misma confusión denotan las entidades que afirman contar con servicios de voluntariado y a quienes realmente cuentan como voluntarios es a estos jóvenes estudiantes o con los estudios recién terminados, cuyas motivaciones aunque muy justificadas, nada tienen que ver con las del voluntario. El caso de las prácticas profesionales es tan frecuente que muchas organizaciones de ayuda mutua e incluso entidades de voluntariado con un prestigio más que consolidado hacen uso de estas personas que, ciertamente aportan algo positivo a las entidades en las que actúan, pero que en ningún momento se pueden llamar voluntarios, sencillamente porque su motivación no es la solidaridad, sino el realizar un entrenamiento profesional. Por su parte, las entidades que acogen a las personas para hacer prácticas actuarían correctamente si llamaran sencillamente por su nombre a cada cosa: al que está por una motivación solidaria, voluntario, y al que está por adquirir experiencia, alumno en prácticas.

Quede claro por tanto, que no estamos en contra de las prácticas profesionales sino a favor de que a cada cosa se le llame por su nombre.

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No es búsqueda de estatus social o poder

Aunque poco frecuente, puede suceder que algunas personas se acerquen al voluntariado o permanezcan en él por la posibilidad de reconocimiento social e incluso de poder, dentro de la propia organización (sobre todo en organizaciones voluntarias con cierta solera por sus servicios y por su historia o por su amplia implantación). Personas, incluso, que en otros escenarios de la vida pasan totalmente desapercibidas, no han satisfecho necesidades de reconocimiento, pueden estar más pendientes de los pequeños privilegios del puesto que ocupa en la junta directiva, en una comisión o, sencillamente por lo que "viste" circular con un distintivo que lo ve todo el mundo en una gran concentración. Evidentemente, esa motivación nada tiene que ver con el voluntariado.

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No es el asociacionismo, en general, en sus múltiples formas de expresión

            Hay quien considera que los miembros de las juntas directivas de las asociaciones de mayores, por ejemplo, son voluntarios. Y no lo son, sencillamente porque la motivación para estar en la junta directiva, por muy sana y democrática que sea, no suele ser solidaria. Es sencillamente el ejercicio de un derecho democrático, totalmente legítimo, de los ciudadanos que se organizan en la sociedad civil de múltiples formas, pero se trata de una actividad más cercana a los dinamismos propios de la política que al voluntariado.

            Por otra parte, para estar en la junta directiva hay que superar la prueba de los votos de los socios, la elección democrática que les puede poner y quitar, mientras que las personas voluntarias no tienen que presentarse a ninguna elección. En todo caso, cuando se trata de las asociaciones a las que llamamos “de” voluntarios -en el capítulo 4-, los candidatos a los órganos de gobierno de la entidad ya son voluntarios antes de ejercer ese derecho democrático. Están en la asociación -previamente- por una motivación solidaria, cosa que no sucede en las asociaciones de mayores.

Pero abundando más en el ejemplo, de las asociaciones de mayores, sabemos perfectamente que no sólo no abundan las motivaciones solidarias sino que con bastante frecuencia las motivaciones de los directivos están más cercanas a la búsqueda del poder, del protagonismo o en las ventajas que les pueden otorgar las pequeñas parcelas de poder, más que en las motivaciones de la solidaridad organizada.

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No es sentirse superior al usuario

           Algo radicalmente contrario a la filosofía propia del voluntariado son las actitudes de superioridad. Aunque parezca extraño son más frecuentes de lo que creemos porque las diferencias entre la actitud solidaria del compartir (tu tiempo, tus valores, tu dedicación, tu esfuerzo) y las posiciones paternalistas, (de sentirse un tanto superior a las personas con quienes se comparte todo eso), aunque conceptualmente sean grandes, en la práctica se convierten en pequeños matices, en la actitud con la que se hace. Por tanto, aún cuando tengamos las ideas claras en la teoría, es necesario ejercer de vez en cuando la autocrítica que nos mantenga en la línea de la auténtica solidaridad. Sobre todo porque es una actitud que, sin mala intención, puede resultar muy frecuente, especialmente entre voluntarios mayores. Actitud muy entendible si tenemos en cuenta que la mayor parte de su vida ha estado relacionada con las acciones de beneficencia más que con los nuevos planteamientos de los servicios como derecho de los ciudadanos.

El voluntario  es una persona convencida de que todos estamos igualados por el nacimiento y por la muerte y lo que hay entre una y otra experiencia vital es un ligero paréntesis de tiempo que muchos ocupan distraídos en luchar por el prestigio, el poder o el dinero, para avanzar más que los otros, aunque tenga que ser a costa de los que están a su lado. Pero el voluntario prefiere aprovechar viviendo los valores que hacen a la persona más persona y uno de ellos es el sentir que todos somos iguales, al margen de los estudios, del estatus social, de la posición económica, de las creencias religiosas o las ideas políticas de cada uno, y eso lo lleva a la práctica con las personas o entidades usuarias de su servicio en una relación de igualdad.

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