Home Nuestro CD En memoria Objetivos Contenidos Desarrollo Ejercicios Docs profundización Enlaces Créditos
LA CIUDAD DE TODAS LAS CULTURAS
|
|
|
|
LA CIUDAD DE TODAS LAS CULTURAS José Sols Tras la caída del muro de Berlín y el aparente fracaso de cualquier alternativa económica al capitalismo mundial, rebautizado como “globalización”, término que suena mejor que “capitalismo” o que “imperialismo”, se nos ha bombardeado desde muchos flancos con la idea de “sistema único”, de “mundo global”, un supuesto nuevo universo cultural en el que las diversidades quedan reducidas, o bien a simpático folklore, o bien a peligrosa amenaza al sistema, mansión de todas las grandezas de la humanidad, que conviene preservar a toda costa.
1. EL ACTUAL MIEDO A LA DIVERSIDAD En la actual situación cultural, se ve como positiva la homogeneidad y como sospechosa la diversidad. Las mismas películas, principalmente las de la industria de Hollywood, son vistas en todos los continentes, los mismos espectáculos son seguidos desde todos los rincones del mundo, como pueden ser el Mundial de Fútbol o los Juegos Olímpicos. Nos sentimos seguros en la homogeneidad e inseguros en la diversidad. Decimos que viajamos para conocer mundo, pero nos encanta que en todos los hoteles se nos trate igual de bien, con los mismos modos y costumbres, que no nos hagan vestirnos o comportarnos de un modo distinto en Europa, en el Caribe o en el Magreb. Viajamos supuestamente para descubrir diversidad, pero en realidad sólo buscamos homogeneidad. La diversidad es vivida con temor. Algunos dicen, y no sabemos cuántos piensan, lo siguiente: “Llegan los magrebíes, los subsaharianos, los sudamericanos; cuidado, hay que estar alerta. Peligra nuestro modo de vida, nuestro estatus, nuestro bienestar laboral, nuestra seguridad urbana, nuestra cultura. Ojalá que se hubieran quedado en sus países y nos hubieran dejado tranquilos”. Este es un espíritu que surge en diferentes sectores sociales, todavía difícil de cuantificar sociológicamente. Se ve la alteridad, la llegada del “otro”, como amenaza. No todos los que lo viven así se atreven a formularlo en voz alta. En los pueblos, en las clases medias y bajas, y entre los jóvenes, se suele formular con menos inhibición, sin guardar demasiadas fórmulas de cortesía. En cambio, en las ciudades, en las clases medias y altas, y entre la gente bien establecida profesionalmente, se cuida mucho el lenguaje políticamente correcto. Se piensa que la presencia de inmigrantes nos lleva a una repentina homogeneización (falsa, artificial) de la población autóctona, y a una igualmente rápida homogeneización (también engañosa) de la población inmigrante: “ellos” y “nosotros”. Poco importa que “ellos” sean de una diversidad objetiva palpable; y poco importar que “nosotros”, además de muy diversos, no tuviéramos ninguna conciencia de unidad hasta hace cuatro días. Resulta que “nosotros” somos: los jóvenes, los niños, los adultos y los ancianos; los hombres y las mujeres; los ricos, los no tan ricos y los pobres; los de derechas, los de centro y los de izquierdas; los católicos fervientes, los ateos convencidos y la gama variopinta que hay entre unos y otros: toda esta fauna multicolor queda simplificada en un vulgar “nosotros”, que cobra conciencia de sí ante el “ellos” que se acerca. Y decimos “ellos” y no “vosotros”, porque se habla de ellos, pero apenas se habla con ellos.
2. EL FANTASMA DE LA HOMOGENEIDAD Nace, así, la homogeneidad, tan ilusoria como los Reyes Magos que llegan cada año puntualmente a nuestros hogares. La supuesta homogeneidad, disfrazada de tradición cultural a respetar, no es más que la puesta en escena del egoísmo, tan antiguo como el hombre mismo. Antes no queríamos compartir casi nada entre “nosotros” y menos ahora con los que vienen de fuera. Antes, el problema era entre capitalistas y proletarios, entre ciudades y campo, y ahora se pretende que el problema sea entre “nosotros” y “ellos”, entre “los que siempre habíamos estado aquí” (¡y yo sin saberlo!) y los que están llegando ahora. La homogeneidad es un gran engaño. No existe. Es un producto artificial de nuestra mente, de lo más perverso de ella. No hay dos seres humanos iguales. Ni siquiera un ser humano es igual a sí mismo, pues el espíritu de contradicción es inherente a cada uno de nosotros. Yo no soy el mismo que hace un rato o que dentro de un rato. Yo soy siempre un ser libre, lo que hace de mí un ser imprevisible. Nunca, antes de mi muerte, se podrá decir de mí: “él es así”, pues ese “así” puede cambiar de la noche a la mañana. No sólo puede ocurrir, sino que ocurre. La muerte es la única fotografía definitiva del ser humano. Negar la homogeneidad no significa afirmar la desconexión cultural de unos con otros. Es obvio que vivimos en comunidades familiares, sociales y culturales. Es obvio que hay puntos de contacto entre los miembros de un grupo que no existen con respecto a los miembros de otros grupos. Es obvio que existe la similitud. Un poeta vibra con los versos de otro poeta, y un músico con los compases de otro músico. Pero la similitud no significa una burda simplificación de la pluralidad humana a grupos supuestamente compactos, desde siempre y para siempre. La condición humana es una constante transformación. El hombre es movimiento. Y al ser siempre movimiento, es siempre el mismo hombre. Su homogeneidad, la auténtica, reside precisamente en su heterogeneidad. 3. LA DIVERSIDAD, ESENCIAL AL HOMBRE En el ser humano la similitud siempre ha sido tan real como la disimilitud. Dos hermanos con igual educación y con la misma sangre (similitud) pueden acabar matándose (disimilitud). El mito de Caín y Abel sintetiza tantos asesinatos fratricida (¿hay algún asesinato que no sea fratricida?) que ha habido a lo largo de la historia y de la prehistoria. Lo irreal es la homogeneidad entendida como uniformidad, así como la heterogeneidad entendida como desconexión o incomunicación. Fijémonos ahora en lo diverso. La diversidad es un rasgo esencial del ser humano. 1) Esta diversidad tiene de entrada un soporte biológico, debido a la información génica que cada individuo recibe a través del genotipo. Genéticamente, no suele haber dos individuos iguales. La excepción a la regla son los clones, obtenidos natural o artificialmente. De manera natural, son los mellizos univitelinos, y artificialmente, la oveja Dolly. 2) Una segunda causa de diversidad proviene del fenotipo, esto es, de la interacción del individuo con el medio natural. Cada individuo reacciona de una manera distinta a los estímulos naturales que recibe a lo largo de su vida, lo que le hace ya diferente a su posible clon. 3) Finalmente, la historia, la cultura, al vida social, la libertad, hacen a cada individuo único. Todos somos únicos, y todos vivimos unos con otros. Ahí reside nuestra unidad. Clasificar a los seres humanos en grupos supuestamente compactos es pura ideología. La realidad es: 1) que cada individuo es único, y 2) que vivimos en sociedad, agrupados de hecho en colectivos que van variando con el paso del tiempo. La diversidad es esencial en el ser humano. Esto no es una realidad externa, nueva, que llega ahora, y con la que no sabemos muy bien qué hacer, sino que siempre hemos sido esencialmente diversos, y probablemente siempre lo seremos. Lo más realista, por tanto, es encajar esta diversidad, asumirla, y avanzar con ella. 4. LA REDUCCIÓN DE LA DIVERSIDAD A GRUPOS HISTÓRICOS Lo que ha ocurrido a lo largo de millones de años de existencia del ser humano es que las comunicaciones a larga distancia no eran fáciles, con lo cual los seres humanos tendieron a vivir en grupos, llamémosles “tribus”, “pueblos”, “sociedades”, “ciudades”, según las épocas. Cada grupo desarrollaba una lengua, unas creencias religiosas, una cultura, en la cual los individuos nacían, crecían y morían. Esta homogeneidad cultural, que solía ir acompañada de cierta homogeneidad étnico-racial, daba seguridad a los individuos, permitía la comunicación y el ejercicio de la libertad. El gran problema ha sido reducir lo humano a un grupo histórico. Creer que lo “normal” es vivir como mis abuelos y mis padres me han enseñado a vivir. Eso no es “lo normal”, sino una concreción de lo humano, entre otras. ¿Ha sido un error la gestación de grupos históricos? ¿Ha sido una traición a “lo humano”? No, porque también la vida en grupo es esencial al hombre. El ser humano busca colectivos de proporciones asimilables por su mente, con los que relacionarse habitualmente. Es verdad que el tamaño de estos colectivos varía: Dinamarca y EE.UU son naciones cuyos habitantes tienen una conciencia nacional similar, mientras que los tamaños de uno y otro país, en cuanto a su número de habitantes, son abismalmente diversos. La clave está en entender que lo humano es más grande que lo grupal-cultural, y que esto no es más que una concreción entre otras de aquello. Fácil de decir, pero a veces muy difícil de entender. Muchas personas han perdido la vida violentamente porque a otros les costaba entender esta idea aparentemente tan simple. 5. LA CIUDAD DE TODAS LAS CULTURAS EN LA GLOBALIZACIÓN Podríamos decir que la condición humana tiene una riqueza mayor de lo que pensamos, que el ser humano tiene mayores posibilidades de lo que podamos creer. Unos momentos históricos permiten manifestar ciertas cualidades del hombre, mientras que otros permiten manifestar otros. Por ejemplo, la vida primitiva de una tribu de la selva nos permite saber que el ser humano es capaz de utilizar el lenguaje oral, pero no que sea capaz de utilizar más de un idioma. En cambio, la sociedad de Timor Oriental nos permite ampliar nuestros conocimiento del hombre, al constatar que éste puede crecer hablando hasta varios idiomas sin ningún problema (tetum, portugués y bahasa). Vivimos ahora un momento histórico, en cierto sentido privilegiado. Tenemos la oportunidad de vivir en ciudades y pueblos pluriculturales. Puede parecer que esto no sea nada nuevo y, sin embargo, si echamos una rápida ojeada a la historia, veremos que esta situación, de tan infrecuente, se puede considerar prácticamente nueva. Los siglos de historia que conocemos nos hablan de culturales incomunicadas entre sí. Mientras que en Oriente avanzaban grandes civilizaciones, sin apenas conexión entre ellas (india, china, japonesa), en Occidente evolucionaba otra, totalmente incomunicada con aquéllas. Cada cultura no era una isla en medio de un océano acultural. Los movimientos migratorios y las conquistas militares ponían en contacto diferentes culturas, pero en general el encuentro era sólo de dos culturas y, en la mayoría de los casos, era para que una pereciera o se disolviera en la otra, como pasó en los EE.UU o en América Latina. El encuentro cultural, no el encontronazo ni el sometimiento de una cultura a otra, produce riqueza en muchos sentidos. No olvidemos que nuestros signos matemáticos son indios y nos llegaron por los árabes; que algunas de nuestras técnicas de cultivo proceden también de los árabes, así como el redescubrimiento de Aristóteles y de buena parte de la filosofía griega; no olvidemos que los judíos nos aportaron la idea de historia, de progreso, de sentido de lo acontecido; nuestra cultura occidental es casi tan deudora de judíos y musulmanes como de griegos y romanos. Pero lo habitual ha sido cierta uniformidad cultural, por la simple dificultad de la comunicación y por la política imperialista de las culturas dominantes que tendían a anular a los dominados. La segunda mitad del siglo XX ha terminado, quizás definitivamente, con la dificultad de la comunicación. El planeta está cada vez más comunicado: medios de transporte como los coches por autopista, los trenes modernos o los aviones agilizan el desplazamiento de las personas, mientras que el correo, el teléfono, el fax y, sobre todo, Internet, han disparado la velocidad, la cantidad y bajo coste de la comunicación. Hemos dado con un mundo global en el que todos –o, al menos, muchos- consumimos los mismos productos materiales y culturales. Un fenómeno que empezó en un puñado de capitales europeas y norteamericanas se está haciendo habitual por doquier: vivimos en “la ciudad de todas las culturas”. Ha estallado la diversidad definitivamente y sin aparente retorno. Antes había que viajar para conocer la cultura india-hindú, o paquistaní-musulmana; ahora basta con bajar a visitar a los vecinos del tercero. Hoy, en cualquier ciudad europea, y a veces hasta en muchos pueblos, tenemos un verdadero parlamento mundial: asiáticos, africanos, latinoamericanos, europeos, todos viviendo en las mismas calles, todos comprando en las mismas tiendas, todos gritando ¡gol! por el mismo equipo de fútbol. ¿Pueden convivir culturas tan distintas en una misma ciudad? En primer lugar, hay que cuestionar la pregunta: ¿realmente son “tan distintas”? ¿Acaso no es más lo que nos asemeja que lo que nos diferencia? ¿No estamos todos preocupados por trabajar para ganar dinero, para poder alimentar a nuestras familias, para poder disfrutar del ocio, para poder gozar de buena salud? ¿No buscamos todos nuestra felicidad y la de las personas a las que amamos? ¿No hacen eso africanos, asiáticos, australianos, norteamericanos y noruegos? Esta es la primera invitación de la ciudad de todas las culturas: esta pluralidad sirve para profundizar en “lo humano” y, más aún, en “lo cósmico”. Esta pluralidad sirve para descubrir que cada cultura no era sino una concreción harto limitada de lo humano, una transparencia geográfica limitada, que sólo se completa con otras transparencias diferentes a ella. Llegan los africanos, subsaharianos, los magrebíes, los sudamericanos andino, los sudamericanos de origen europeo, los caribeños, los centroamericanos, los chinos, los paquistaníes, los filipinos, los bosnios, los polacos… ¡Pues démosles la bienvenida!. En primer lugar, porque son personas como nosotros y, en segundo lugar, porque nuestra cultura será más rica con ellos, y seguramente nuestro país más próspero. Con todos ellos vamos a conocer mejor la condición humana, más allá de culturas locales, y conociéndola nos vamos a conocer mejor. Éste es uno de los grandes ideales de Occidente, formulado por Sócrates: “Conócete a ti mismo”. Convendría quizás no olvidar el espíritu socrático: “Conócete a ti mismo en diálogo con el otro”. Varias culturas, incluso muchas, pueden convivir, pero entonces tiene que nacer una cultura nueva, quizás la más hermosa de todas, la de la convivencia, y a nosotros nos ha tocado construirla. La cultura de la convivencia, o la convivencia de culturas, es mucho más que la tan cacareada “integración”. La integración tiene algo de positivo: que los que vienen de fuera se den cuenta de que ahora están en un país distinto; que intenten adaptarse a esta nueva realidad cultural. Pero en la integración no todo es positivo: hay una componente de disolución de una cultura en otra. La ciudad de todas las culturas apunta hacia un reconocimiento de la diversidad real. Es la apuesta más realista y por ello la que tiene visos de tener un futuro más prometedor. No se trata de que haya guetos raciales, de que en la misma ciudad haya un barrio de pakistaníes, otro de magrebíes, otro de dominicanos, otro de catalanes de origen murciano o andaluz y otro de catalanes de toda la vida. Esta fórmula de la multiculturalidad es la norteamericana, que tanta pobreza, marginación y violencia ha engendrado, porque la yuxtaposición de guetos nada tiene que ver con la ciudad de todas las culturas, aunque sea, eso sí, un precedente a tener en cuenta. Se trata, en definitiva, de aceptar la diversidad, sin ocultarla. La ciudad que está naciendo, pero que no nace sola, sino que al mismo tiempo hay que construir con nuestra libertad, es aquella en que las personas, por el hecho de ser varones o mujeres, no reciben un trato social o político distinto; aquella en la que no hay diferencia entre una raza y otra; más aún, aquella en la que la raza no es un tema; aquella ciudad en la que la gente puede hablar su propia lengua sin problema, sabiendo que alguna o algunas lenguas serán vehiculares para todos, aunque sabiendo también que la lengua vehicular no ha de ser destructiva de las demás, puesto que dejaría de ser vehicular y pasaría a ser una barrera psicosocial. ¿Acaso viviremos entonces en un gran supermercado cultural, en el que cada uno pueda obtener lo que quiera? No creo que ese sea el ideal a seguir. No se busca un picoteo cultural, como si estuviéramos ante un aperitivo variado pero poco nutritivo. Cada ser humano es hijo de una tradición lingüística, cultural, religiosa, cada uno ha nacido en una determinada cosmovisión. No se le invita a disfrazarse de otras tradiciones, lo cual sería grotesco, sino a establecer un diálogo serio entre lo recibido y lo que otros han recibido en las mismas condiciones que él o que ella. Miremos nuestras ciudades y pueblos y preguntémonos qué es lo que nos diferencia a unos de otros. En seguida sacaremos a relucir los tópicos de moda: diferencias de idiomas, de nivel económico, de nivel cultural dentro de una misma cultura, de raza, de confesión religiosa o a-religiosa, de origen nacional, de edad, de sexo. Sin embargo, hay cientos de diferencias que, curiosamente, no utilizamos para clasificar grupos. Por ejemplo: hay enormes diferencias de salud, de esperanza vital, de carácter, de aficiones (deportivas, artísticas, culturales, lúdicas), de modos de vivir una misma fe religiosa… hay diferencias en un montón de cosas, pero parece que éstas no supongan frontera social. ¿Por qué aquellas sí y éstas no? 6. SÓLO SE GLOBALIZA LO QUE INTERESA A LOS PODEROSOS Se nos presenta la globalización y las diferencias culturales como algo “espontáneo”, y eso es un vulgar engaño. Desde los poderes mediáticos se nos invita a clasificar a las personas por clichés absurdos, aunque los rasgos de estos clichés correspondan a realidades, mejor dicho, a ciertos segmentos de realidad. Se nos está manipulando mucho más que en las sociedades antiguas de nuestros antepasados; entonces no había manipulación, sino convicción quizás errónea, pero convicción. Hoy hay llama manipulación. Se está haciendo negocio con nosotros. Veámoslo. Para lo que interesa a los poderes económicos y mediáticos –que son lo mismo-, todos estamos globalizados: todos vemos películas de Hollyvood y esperamos con ansiedad la próxima película de Harrison Ford o de Julia Roberts, todos estamos pendientes de los mismos campeonatos deportivos, todos vestimos igual en continentes distintos. Miren cómo viven y cómo visten los muchachos de un barrio de Barcelona los viernes por la noche y sabrán cómo viven y cómo visten los muchachos de una zona equivalente de Chicago o de Santo Domingo. Para consumir los productos del imperio, todos somos “iguales”. En cambio, para dejar que los africanos, los asiáticos, los latinoamericanos o los europeos del este vengan aquí a ganarse la vida, entonces, de pronto, resulta que somos radicalmente “distintos”. Seamos libres y descubramos, de una vez por todas, que vivimos, y cada vez viviremos más, en la ciudad de todas las culturas. Y no vivamos esto como un mal inevitable, sino como la superación del final hegeliano de la historia. La homogeneidad no es el final de la historia, puesto que el estallido de la diversidad es una etapa superior, desde el punto de vista cultural, religioso, psicológico, antropológico. Vivir en la diversidad supone mayor madurez y mayor riqueza para la condición humana. Vivir en la supuesta homogeneidad comporta una estrechez de miras y una mayor pobreza cultural porque, mientras que la diversidad nos permite adentrarnos en la inmensidad de lo “humano”, que es el atrio de la divinidad, la homogeneidad reduce el universo humano a un patio de colegio.
(Tomado del libro “Aldea global, Justicia parcial”. Centre
d’Estudis Cristianisme i Justícia. Noviembre 2003. Barcelona)
|
Home Nuestro CD En memoria Objetivos Contenidos Desarrollo Ejercicios Docs profundización Enlaces Créditos