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Dos casos de incidentes críticos para analizar

 

 

La muerte del Joven Ibrahim

 

Cuenta una trabajadora social italiana (norte de Turín). Tiene entre 45 y 50 años. Se define como de izquierda, políticamente activa, sindicalista y no creyente, casada y con un hija.

 Conocí al joven Ibrahim a través de su hermano que le acompañó a mi servicio para recabar ayuda para obtener papeles de residencia. Su hermano, mayor que él llevaba tres o cuatro años instalado en Italia. Había llamado a Ibrahim con la esperanza de regularizarlo para trabajar y quizá, más adelante, para estudiar. Eran de Marruecos, de la región de Beni Mellal.

 Obtuvieron los papeles y pasó cierto tiempo sin que volviese a saber de ellos. Pero un día volvieron de nuevo a verme: Ibrahim estaba muy enfermo. Sufría de leucemia y el pronóstico era gravísimo. Había que hacerle una operación de transplante de médula ósea.

 Me ocupé de ayudarles. Ibrahim pasó bastante tiempo en el hospital esperando un donante. Mientras yo le animaba yendo a verle casi todos los días y me ocupaba de sus cosas: papeles administrativos, lavarle ropa, etc. Se entabló entre nosotros una relación de amistad que iba mucho más allá de la relación propiamente profesional.

 Ibrahim salió del hospital y durante un tiempo pudo hacer vida normal. Pero después tuvo una recaída y tras de luchar pocos meses más entre la vida y la muerte, murió.

 Esta muerte me afectó muchísimo. Estaba profundamente conmocionada pues me había encariñado mucho con el muchacho que hubiera podido ser mi hijo mayor (mi hija tiene tres o cuatro años menos que él).

 Su hermano lo acompañó en sus últimos momentos y después de la muerte se dispuso a enviar el cuerpo a Maruecos para se enterrado en su pueblo. Los miembros del colectivo marroquí y un responsable de la mezquita se ocupaban de todo eso.

 En ese momento se me ocurrió la idea de depositar en el féretro de Ibrahim un objeto mío muy querido, un recuerdo de una época particular de mi vida. Quiero aclarar que ese objeto no era un amuleto y que no tenía ningún valor religioso.

 El responsable de la mezquita me dijo que eso era imposible, que no podía hacerse. No lo acepté. Pensé que con todo lo que hecho por Ibrahim tenía derecho a depositar ese recuerdo íntimo en su ataúd. Pensé incluso en introducirlo sin que ellos se diesen cuenta.

 Por último me dirigí al hermano que para mi era la única persona que tenía autoridad sobre todo lo relacionado con Ibrahim. Y el hermano me dijo, de buenas maneras, que no podía ser y que debía de abandonar esa idea.

 Al final me incliné de mala gana y no lo hice y me quedé con mucha amargura y mucha tristeza dentro de mí.

Y ahora todavía me pregunto quién de nosotros, ellos o yo, tenía razón.

Turín, mayo de 1998

 

 
 

 

INCIDENTE CRÍTICO: Enfermedad

  

         Nos encontrábamos un grupo de amigas, tres españolas y una togolesa, cenando en un restaurante chino. Esta chica es amiga nuestra desde hace unos dos años. Ha estudiado en Alemania y trabaja en Bélgica, pero viene muy a menudo para visitar a su madre que está enferma y que vive con un hermano suyo.

         La sorpresa fue cuando hablando de la evolución de la enfermedad de su madre, ésta se cuestionara que hubiera sido provocada por alguna persona que quisiera hacerle mal a su madre.

        Me sorprendió que esta chica (que tiene una formación universitaria, es católica y lleva bastante tiempo viviendo en Europa) no quisiera aceptar que la enfermedad de su madre, provocada por un virus y que está bastante extendida por su país, pudiera ser a consecuencia de la exposición de ésta (su madre) a las circunstancias que produjeron el contagio.

        Las otras compañeras también se quedaron sorprendidas, y ante nuestra reacción ella intentó explicar que su familia, al tener varios de sus hijos en Europa, era objeto de envidias por parte de gentes de su país, incluso pudiera ser por parte de familiares que vivieran allí en Togo.

       Esta explicación nos hizo comprender un poco más su temor, pero sigo pensando en que, ante el hecho de que la enfermedad de su madre está diagnosticada y se sabe su procedencia, ella pueda aún cuestionarse que la causa de la enfermedad sea otra.

 

 

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