Formación inicial del voluntariado


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PERSONAS MAYORES

 

 PERSONAS MAYORES.

 

por Pedro Varo Chamizo

 

2.1. Las experiencias en el auto-cuidado.

 

 

 El alargamiento de la vida de las personas es un fenómeno que se viene evidenciando en la población mundial debido entre otras cosas a la transición de las tasas de natalidad y mortalidad muy elevadas a unas tasas de natalidad y mortalidad bajas, junto con el descenso de la fecundidad e incremento de la expectativa de vida convirtiéndose en la causa universal del envejecimiento de la población. En Latinoamérica las proyecciones poblacionales señalan que en 1990 se incrementa en 3,7% las personas con edades de 65 a más años y 11,7% para 2030 (Anzola, 1995 y Girón 1997).

 

Este proceso de transición demográfica de una sociedad juvenil a una sociedad más madura, se está produciendo en los países en desarrollo con mucha más celeridad que en los desarrollados (United Nations, 1999). Lo cual afecta a la sociedad en general y a las personas en particular. Las repercusiones sociales son numerosas, y entre ellas figuran las que afectan a las pautas de producción, consumo, ahorro e inversión, a las condiciones del mercado laboral y a la productividad, a los tipos de servicios necesarios y a los patrones del gasto público.

 

Por ello, si bien es cierto, se ha conseguido actualmente vivir más años lo importante no es la cantidad sino la calidad, esto presenta desafíos para los trabajadores de la salud, quienes deben orientar su quehacer no sólo por alargar la vida sino de dotarla de la más alta calidad posible y, esto dependerá del conocimiento y actitudes que se tenga respecto a las necesidades y problemática que enfrenta el adulto mayor. Desde el entendimiento de que el envejecimiento es un proceso de vida del ser humano así como, las modificaciones que ocurren en el nivel biológico, psicológico y social, que implican cambios celulares, tisulares, orgánicos y funcionales, ya que, es una programación genética, influenciada tanto por factores ambientales como por la capacidad de adaptación del individuo (Girón, 1997 y Gonzáles, 1994).

 

Envejecer es un proceso secuencial, acumulativo e irreversible que deteriora al organismo humano progresivamente mermando su capacidad para enfrentar las circunstancias y condiciones del entorno. El enfrentamiento que plantean las disfuncionalidades y enfermedades en la vida de las personas adultas mayores, las hace que adquieran algunos conocimientos, habilidades y prácticas básicas de auto-cuidado. Dichas experiencias en muchos de ellos favorecen una atención integral, que atienda sus necesidades fisiológicas, emocionales, sociales, espirituales, ecológicas, productivas, culturales, recreativas y sanitarias, debido a que son un grupo funcional y socialmente vulnerables (Jiménez, 1998).

 

En este sentido, la salud para la mayoría de las personas mayores se constituye en una de las principales preocupaciones de su vida, por lo que la enfermedad puede ser una obsesión constante dado que la probabilidad de sufrir una enfermedad durante la vejez se incrementa. Según la OPS (1994), más del 80% de los adultos mayores padece enfermedades crónicas y acude constantemente a los servicios de salud recibiendo en promedio al año, entre 10 a 12 atenciones. Asimismo, entre el 5% y el 7% de las personas de esta edad que viven en sus hogares necesitan algún tipo de ayuda en las actividades de la vida diaria, (Lacayo, 1996 y Martínez, 1998). Esta situación haría pensar que harán falta más hogares de ancianos y más camas hospitalarias para atenderlos lo cual generará una alta inversión económica tanto para la familia como para el Estado.

 

En la actualidad el auto-cuidado no ha tomado aún la importancia que requiere; es muy poco lo que se ha estudiado sobre ello y lo que existe está relacionado con un enfoque biomédico, enfatizando en los problemas de salud. No se involucra a la persona adulta mayor como actor competente que tiene la capacidad de tomar decisiones, controlar su propia vida y asegurarse la posibilidad de gozar de un buen estado de salud. En la práctica la mayoría de las instituciones que trabajan con la persona adulta mayor no cuentan con programas integrales, se desarrollan actividades fragmentadas generalmente orientadas a los aspectos: recreativos, espirituales, de socialización con personas de su misma edad y charlas que ayuden a la autoestima. Asimismo, cuentan con escaso personal capacitado para brindar educación a la persona adulta mayor sobre como ejercer su auto-cuidado integral.

 

De allí, la necesidad e importancia de considerar la nueva concepción de la salud, la cual plantea la multifactorialidad de los elementos que la determinan y la complejidad del proceso del envejecimiento en las personas adultas mayores sanas o enfermas. Esto requiere que tanto en el ámbito familiar, comunitario e institucional, la práctica de un enfoque integral exige que la atención que se brinde a este grupo etáreo se realice utilizando criterios de coherencia y continuidad. Esto evidencia que es de vital importancia la participación de la familia o de las redes de apoyo para ayudarle a restaurar, solucionar y encauzar sus dificultades de salud y promover el bienestar entre él y su entorno (Gutiérrez, 1995). La capacidad de iniciar y sostener esfuerzos en este campo está en relación con el tipo de autocuidado que se necesita, con las condiciones externas y con los factores internos que afectan la posibilidad de actuar autónomamente. Por tanto, si en determinado momento las personas adultas mayores no son capaces, por sí solos, de cambiar las prácticas viejas o añadir nuevas, es necesario un re-aprendizaje.

 

Según la Carta de Ottawa (1986) la OPS define la salud como fuente de riqueza de la vida cotidiana, de tal forma que se constituye en el mejor recurso para el progreso personal, económico y social; y se considera una de las dimensiones fundamentales del ser humano. Hasta hace poco, el cuidado de la salud de las personas adultas mayores estaba relacionado con la satisfacción de sus necesidades fisiológicas y el mantenimiento de su salud física. Esta apreciación ve a la persona adulta mayor como sinónimo de enfermedad y discapacidad. Bajo esta visión, se contempla la salud y su cuidado como una virtud y propiedad de la juventud, de productividad, de belleza, de automatización y de vitalidad. En consecuencia, las personas adultas mayores son vistas como improductivas, incapaces, propensas a perder facultades fisiológicas, físicas, sociales, psicológicas e intelectuales. Por lo tanto la práctica del cuidado se limitaba a la realización de las más elementales tareas de higiene (Gutiérrez, 1990 y Otiniano, 1994).

 

 

 

Los aspectos mencionados contribuyen actualmente a la revalorización de la persona adulta mayor, quien debe jugar un papel más activo en su cuidado entendiéndose éste como integral, es decir, debe verse como un ser holístico en sus dimensiones: biológica, psicológica, social, cultural, ecológica, productiva, recreacional, sanitaria y espiritual. Concibiéndose el auto-cuidado en la persona adulta mayor como el medio que le permitirá desarrollar al máximo su potencial personal y perfeccionar o transformar sus actitudes indispensables para la vida (Gutiérrez, 1995).

 

Como señala Coppard (1990), las personas adultas mayores que se auto-cuidan, tienen la posibilidad de atenuar los factores adversos en las áreas que producen experiencias negativas afectando su calidad de vida. Con el auto-cuidado se puede mejorar las posibilidades de que se adapten e integren a su entorno social, se auto-realicen, mantengan sus talentos, metas, esperanzas, sabiduría y creatividad. Dado que una persona adulta mayor, que se auto-cuida, como un ser integral, que conoce sobre la salud, bienestar y desarrollo, dichos conocimientos los aplica en todas aquellas acciones y decisiones que realiza para auto-cuidarse.

 

Practicar el auto-cuidado incrementa la opción de ejercer mejor control sobre su propia salud y entorno enriqueciendo su vida con un mejor bienestar. Sin soslayar que el estado de bienestar dependerá de la seguridad, el amor, la pertenencia, la autoestima y la autorrealización que pueda alcanzar la persona adulta mayor por sí misma. Todo ello le permitirá tener la capacidad de pensar por su cuenta, expresar sus experiencias, y dirigir sus esfuerzos para participar y hacer cosas que son beneficiosas para él y para otros.

 

2.2. Como comportarnos con las personas mayores en la vida cotidiana.

 

Una medida de la independencia y autonomía de los adultos mayores está dada por la capacidad de realizar las actividades cotidianas. Las mismas pueden resumirse en Actividades cotidianas básicas, que incluyen aquellas necesarias para cuidarse a sí mismos dentro de un entorno limitado (vestirse, higienizarse, deambular, alimentarse…), y aquellas que requieren un mayor nivel de autonomía funcional o instrumentales, y que se requieren para desempeñarse autónomamente en la comunidad (ir de compras, pagar cuentas u otros trámites personales, manejar…). El déficit funcional para este tipo de actividades es un factor de riesgo para accidentes domésticos, caídas dentro o fuera del hogar, y suelen ser indicadoras en casos de ancianos que viven solos (o quedan solos la mayor parte del día), de contemplar la necesidad de cuidadores formales o informales pero permanentes, o de institucionalización. Obviamente, en caso de pacientes con dificultades cognitivas o síntomas de enfermedades mentales, esta disminución o insuficiencia para las AVD deben ser confirmadas por los cuidadores.

 

Es función del médico identificar el comienzo, las causas posibles y el potencial de reversibilidad, más optimista en casos agudos y sub-agudos, pero igualmente útil en condiciones crónicas para diseñar y conducir el tratamiento integral, así como la adaptación del entorno o subestructura física inmediata y las demandas y posibles roles familiares.

 

Vale la pena destacar una vez más el enorme potencial que tiene la atención alerta de familiares, amigos y cuidadores formales e informales sobre este tipo de funcionalidad, cuyo déficit gradual es muchas veces enmascarado, ocultado por diversas razones comprensibles o finalmente no concientizado por quienes lo sufren, actuando como gatillo para un deterioro progresivo en lo físico y lo social, que no pocas veces conduce al círculo de desvalorización, autocompasión, aislamiento, depresión, inseguridad, falta de aseo personal y de la vivienda, mala alimentación o situaciones de riesgo e inminencia de accidentes severos.

 

2.2.1. Movilidad

 

La reducción de la movilidad influye fuertemente en el deterioro de la capacidad funcional para las actividades cotidianas, dada la limitación para maniobrar con seguridad y efectividad, aumentando el riesgo de caídas y accidentes. Más allá de la evaluación neuro-muscular standard, la evaluación geriátrica formal busca identificar problemas deambulatorios, posturales, de equilibrio, de transferencia y transporte de objetos, y particularmente el estado funcional de las articulaciones. En este campo, nuevamente el potencial para mejorar a través del ejercicio adecuado y la rehabilitación específica, así como la adaptación creativa y sencilla del entorno hogareño, resulta en beneficios ampliados a toda la vida doméstica y social del anciano. Dicho de otra manera, una vez logrado el diagnóstico práctico en lo funcional, es útil afrontar rápidamente una respuesta para adaptarse a las nuevas necesidades, ya que esto implica ganar tiempo y ganarle al mal tiempo. Y aquí nos referimos a cosas sencillas, como barandas en las escaleras, en lo posible a ambos lados, timbres u otro tipo de alarmas internas o a casas vecinas conocidas que acepten este sistema, especialmente en baños y dormitorios, luces adecuadas, cocinas funcionarizadas a la movilidad y alcance de los mayores que las usan, asientos adecuados a cada caso, etc. O sea mirar el entorno en que vive el anciano, mirar su movilidad real sin exigencias al respecto, y ser creativos o ingeniosos para adaptar ambos factores, tratando de no imponer, sino consensuar cuando ello es posible.

 

2.2.2. Deambulación y equilibrio postural.

 

La marcha normal y el equilibrio postural, que tan inconcientes y automáticos parecen, son en realidad el resultado exitoso de una compleja y sincronizada interacción de elementos neurosensoriales, propioceptivos, articulares y musculares, que procesan la respuesta adecuada al flujo de datos provenientes del exterior y la intencionalidad de las acciones emprendidas. Es indudable que en la tercera edad opera una cierta inestabilidad postural y pérdida de funcionalidad, por déficit progresivo de algunas de las múltiples áreas orgánicas involucradas, trayendo como consecuencia cambios en la deambulación que aparejan menor equilibrio, debilidad muscular, mayor gasto energético, reacciones más lentas y caídas. Estadísticas de EEUU indican que uno de cinco adultos mayores tiene dificultades en la deambulación. Entre los mayores de 75 años, el 30% notifica dificultades con las escaleras, el 40% refiere no poder caminar unas ocho cuadras y el 7% necesita ayuda para caminar. Aproximadamente un 30% de ancianos no institucionalizados se caen una vez al año. Una magnitud del problema la muestran los costos médicos asociados a fracturas por caídas de la propia altura, que ascienden en ese país aproximadamente a U$S 10 billones anuales.

 

No obstante lo anterior, se ha demostrado que los ancianos pueden mejorar significativamente su habilidad postural y marcha con programas adecuados de adiestramiento, en general sencillos y realizables en la comunidad.

 

En estadios más extremos de inmovilidad, por ejemplo en ancianos postrados (en silla de ruedas o en el lecho), las complicaciones por edemas, contracturas, rigideces articulares, úlceras de decúbito, escaras e infecciones, incontinencia y afecciones dermatológicas, llevan a pronósticos vitales ominosos y más que frecuentemente a re-internaciones frecuentes e institucionalización. Sin embargo, en estos casos la observación directa del equilibrio en la posición sentada, la transferencia de una posición o lugar a otro, la posibilidad de rotar o girar, son aspectos que merecen tenerse en cuenta para evaluar niveles de seguridad e independencia y régimen de cuidados.

 

2.2.3. Estado funcional de la articulación del hombro.

 

Los cambios relacionados a la edad suelen mostrar un impacto funcional a tener en cuenta en los hombros, dada la repercusión sobre la funcionalidad y autonomía general en lo cotidiano. Múltiples factores tales como traumas ocupacionales, particularmente en quienes desempeñaron trabajos con tareas de esfuerzo mediano a grande o posturas antifisiológicas frecuentes, el desuso, enfermedades degenerativas como la artritis y la artrosis y los cambios tisulares a nivel del colágeno y la elastina, se combinan para reducir la integridad y movilidad propia de esta articulación, que en muchos casos se inicia insidiosamente, en forma silenciosa e incluso sin dolor. Al menos uno de cuatro adultos mayores sufren de dolores de hombro. Sin embargo, casi la mitad de los problemas no son notificados pese a que más del 70% se deben a lesiones de partes blandas con buena respuesta a tratamientos no invasivos.

 

Las consecuencias de la limitación funcional a este nivel tiene múltiples repercusiones en la vida diaria de los mayores, que van desde la dificultad para higienizarse adecuadamente, vestirse o alcanzar objetos hasta dificultades prácticas al conducir vehículos. En situaciones más avanzadas de cronicidad, la disfunción puede conducir a rigidez, debilidad muscular, trastornos del sueño por dolor y dificultad de prensión y manipulación de objetos. Resulta clara la repercusión negativa en la realización de actividades de la vida diaria, con los riesgos ya vistos. Si bien el examen funcional realizado por profesionales sanitarios no es sustituible, puede ser útil hacer un “chequeo casero” de la movilidad real de esta articulación proponiendo un simple ejercicio en espejo del anciano ( o simplemente adulto mayor, como queramos llamarlo) en cuestión y nosotros mismos, pidiéndole que imite diversos movimientos en los que hacemos con los brazos todos los movimientos dependientes de esa articulación, mirando más atentamente los que se dirigen hacia atrás, o vemos cómo se calza la indumentaria habitual sin ayuda.

 

 

 

2.2.4. Manos.

 

La importancia funcional de las manos, especialmente en cuanto a sus funciones de pinza fisiológica índice-pulgar y de prensión o agarre resulta obvia en las actividades de la vida diaria, pudiendo estar afectadas en la tercera edad por artritis, enfermedades neurológicas entre ellas el Parkinson, vasculares y secuelas traumáticas diversas, con directo impacto en la autonomía, habilidad y seguridad personal en lo cotidiano. Esto es de fácil observación y las conclusiones preliminares suelen ser buenos indicadores, por ejemplo evaluando cómo nos dan un apretón de manos, cómo manipulan objetos medianamente pesados y cómo ejecutan movimientos de calidad más fina y/o exacta, teniendo la precaución de descartar los problemas de visión cuando se chequea.

 

2.2.5. Visión.

 

Si bien el envejecimiento ocular comienza a manifestarse desde la edad adulta temprana y la visión apropiada incide fuertemente en la calidad de vida a cualquier edad, para los adultos mayores, la pérdida o disminución de la visión suelen transformarse en una instancia crucial, generalmente vivida con gran dramatismo y repercusión sobre lo operativo cotidiano y el estado de ánimo, aumentando sus márgenes objetivos y subjetivos de inseguridad y tiñendo negativamente todo el espectro vital. Manejar, leer, ver televisión, salir de compras, comienza a ser dificultoso o inseguro, progresando a situaciones de dependencia y/o aislamiento. E indudablemente, la asociación frecuente de pérdida de nitidez visual y dificultades auditivas suelen ser causa de todo tipo de accidentes en la vía pública.

 

Los cambios visuales en la edad avanzada obedecen a la disminución de la reactividad pupilar, cambios en la circunferencia y rigidez del cristalino, así como a la disminución en la talla de la mácula lútea.[1] Las afecciones más comúnmente incapacitantes son las cataratas, la degeneración macular, la retinopatía diabética y el glaucoma, en tanto que la pérdida visual por arteritis a células gigantes y accidente vasculoencefálico suele ser frecuentemente aguda y no progresiva, pero puede pasar francamente inadvertida.

 

Estadísticas de la Clínica Mayo de los EE UU, reportan que más del 90% de los adultos mayores necesitan anteojos. El 16% de los del grupo de 75 a 84 años y el 27% de los mayores de 85 años son ciegos de ambos ojos o bien incapaces de leer letra impresa aún con lentes. Las cataratas son la segunda causa de ceguera en los EE UU, involucrando un 60% de adultos mayores de 75 años.

 

Muchas de las enfermedades oculares dan pocos síntomas precoces, no siendo percibidas oportunamente por quien las padece, de allí la importancia de exámenes formales periódicos y sistemáticos. Sin detrimento de la importancia de los mismos, los cuidadores formales e informales pueden tener apreciaciones prácticas del grado de suficiencia visual a trazo grueso, observando al anciano leer por ejemplo el titular y una oración cualquiera de un periódico, con disminución moderada de la agudeza normal se registra cuando sólo se puede leer el titular, en tanto que se puede catalogar de severa si siquiera éste puede ser leído. Es interesante saber que una pérdida central visual significativa debida a cataratas, degeneración macular o glaucoma no se evidencia por la simple lectura, pudiendo sin embargo ser causa real de dificultades en el anciano, en ocasiones en medio de un marco de incomprensión familiar respecto a sus reclamos o quejas de “no ver bien” y los cambios de carácter o angustia concomitantes.

 

2.2.6.  Audición.

 

La pérdida auditiva es la tercera afección crónica en orden de frecuencia en la tercera edad. Es más común en los varones y guarda relación con el trabajo o exposición prolongada a ambientes ruidosos. Afecta aproximadamente a un tercio de los mayores de 65 años, dos tercios de los mayores de 70 y tres cuartas partes de aquellos de 80 y más años. La prebiacusia es la afección más común, con dificultad para oír los sonidos de frecuencia alta o agudos (por ejemplo las consonantes), en tanto que oye bien las frecuencias más bajas o graves (vocales), lo que suele manifestarse inicialmente diciendo que aunque escuchan, no “entienden lo que les dicen”. A esto se suma la dificultad de oír bien en ambientes ruidosos o con más de una persona hablando a la vez.

 

Debido al progreso en general lento del deterioro, se tiende a compensar inconscientemente dicha pérdida y a registrar tardíamente los daños sufridos. Tal situación influye negativamente en su nivel funcional, sus actividades cotidianas y sociales, interfiriendo severamente con la capacidad de comunicación y afectando la convivencia diaria en un entorno de malentendidos, desconfianza y rechazo social.

 

A niveles informales, la pérdida auditiva puede pesquisarse al observar o inquirir acerca de cambios en las rutinas o hábitos sociales (ir al teatro, reuniones, etc) o a no responder a llamados telefónicos o en conversaciones habituales.

 

El examen especializado e instrumental es esencial, dándose a menudo casos en que una sencilla otoscopía y remoción de un tapón de cerumen puede cambiar dramáticamente la funcionalidad del paciente. En otro orden de patologías, cabe destacar que hay varios métodos disponibles para corregir la sordera, por ejemplo audífonos, pero que todos funcionan mejor cuando se instauran en etapas tempranas. Esto debe destacarse ya que en general los pacientes mayores son reacios a admitir que tienen dificultades auditivas reales, proyectándolas defensivamente al entorno, y la adaptación al uso de los audífonos puede resultar progresivamente más difícil y desalentadora.

 

2.3. El voluntario ante personas mayores. (Maria Gabriela Orduna Allegrini)

 

Como integrante de un movimiento participativo y solidario, el voluntario actúa como motor que estimula a los colectivos sociales más desfavorecidos para que desarrollen sus propias potencialidades, y para que combatan y superen las causas de su exclusión social. En definitiva, proponen un cambio para la mejora de la sociedad y aportan para ello su solidaridad y un trabajo eficaz y humano hecho en equipo y de forma organizada. Dicho de otro modo: el voluntario aparece como alternativa de participación de la comunidad. Como una respuesta colectiva a la cultura de la insolidaridad. Su acción es asumida libremente, sin ánimo de lucro y sin retribución económica, con un propósito socialmente útil. Tal acción es una contribución de los voluntarios: al bienestar de la comunidad; a la calidad de vida de los demás; a ayudar a modificar y erradicar las causas de la necesidad y la marginación social; a hacer próximos los problemas de la comunidad y, de forma no burocrática, acercar los recursos necesarios para afrontar esos problemas y para construir unas condiciones sociales en la que sea posible superarlos.

 

Desgraciadamente, no todo lo que el voluntario hace con buena voluntad ayuda de manera eficaz a la persona atendida; no todas las acciones voluntarias tienen la misma calidad ni capacidad de transformar la realidad social en la que intervienen. La formación del voluntario debe ir orientada a generar acciones voluntarias sinérgicas, evitando las destructoras, pseudo-satisfactorias, inhibidoras o singulares.

 

Las acciones voluntarias destructoras son aquellas destinadas a satisfacer la necesidad de protección de las personas en situaciones extremas y pueden generar un efecto contrario, demoledor de la personalidad (por ejemplo, en el caso de las personas mayores, esto entroncaría directamente con determinadas atenciones para prolongar artificialmente la vida de enfermos terminales).

 

Por su parte, las acciones voluntarias pseudo-satisfactorias son las que estimulan o proporcionan una falsa sensación de satisfacción de las necesidades, pero no atacan el problema de raíz; el bienestar que se alcanza es temporal o limitado y el problema continúa sin resolverse.

 

Mientras que las acciones voluntarias inhibidoras son aquellas que sobresatisfacen una necesidad y dificultan seriamente la satisfacción de otras carencias. El ejemplo más común de sobreprotección es el paternalismo. El paternalismo es una desviación común en la actuación de voluntarios con personas mayores, que satisface la necesidad de protección, pero inhibe notablemente la necesidad de creatividad, de entendimiento, de libertad y de participación de la persona ayudada. Con frecuencia, las acciones voluntarias inhibidoras que van dirigidas a las personas mayores, se caracterizan por caer en el infantilismo, en considerar o tratar a las personas mayores como si fuesen niños. Se debe tratar a las personas mayores como personas que tienen una larga experiencia, lo que les confiere autoridad ante la vida.

 

Otro error frecuente es el sentimentalismo: acercarse a los mayores con una ternura sensiblera que puede vulnerar la dignidad de la persona. Deberemos acercarnos a estas personas con cariño, pero con autenticidad, sin fingir nuestros sentimientos ni mostrar conmiseración. Tampoco será bueno provocar su dependencia del voluntario, a menudo la ayuda prestada les hace ser o sentirse más dependientes, lo cual refuerza las limitaciones, lógicas de us edad, en su autonomía física y social.

 

Por fin, tampoco ayudamos a los mayores cuando los protegemos excesivamente (por ejemplo, ocultándoles datos médicos o diagnósticos, creyendo que no son capaces de asumir la situación), cuando les condenamos a la inactividad, por suponer que, simplemente por el hecho de ser mayores, deben descansar el máximo tiempo posible o cuando fomentamos su sentimiento de inutilidad, al apartarlos del dinamismo social y considerarlos incapaces de ser útiles en este mundo de vertiginosos cambios.

 

Existen por fin acciones voluntarias singulares que en sí mismas no son erróneas o desacertadas, pero sí son limitadas porque apuntan a la satisfacción de una sola necesidad, son características de la asistencia y tienen el matiz de ser institucionalizadas; como mucho, se orientan a resolver lo inmediato.

 

En su intervención, el voluntario debe procurar generar acciones sinérgicas, guiando al individuo a actuar para satisfacer su necesidad de manera que el resultado contribuya  y estimule la satisfacción de otras carencias.

 

Lo ideal es caminar hacia la sinergia, hacia la potenciación de procesos que animen y estimulen las posibilidades de cada persona. Es decir, llegar a concebir la acción voluntaria como un catalizador, como aquella sustancia que acelera lo posible, lo que está vivo, lo que espera ser despertado. Algunas pistas para desarrollar una acción voluntaria sinérgica son:

 

  1. Partir de los intereses reales de las personas mayores.
  2. Respetar sus valores, siempre que no infieran sobre los derechos humanos universales.
  3. Generar una situación de comunicación, una relación empática entre el voluntario y la persona mayor que recibe la ayuda.
  4. Convertir a los mayores en sujetos solidarios.
  5. Acompañar todo lo posible la independencia de los mayores.
  6. Fomentar su aportación solidaria al resto de la sociedad.
  7. Contribuir a que puedan permanecer al máximo en su medio habitual.
  8. Potenciar el intercambio entre generaciones para que se transmitan mutuamente vida.
  9. Fomentar hábitos de auto-cuidado
  10. Sensibilizar a las familias y a la comunidad sobre la problemática de los mayores.

 

Directorio de ONG’s relacionadas con los ámbitos estudiados (personas discapacitadas y personas mayores) en Sevilla:

 

 

 

 

    

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